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miércoles, marzo 22, 2023

– Dilo, deja que salga – me dijo...

 Puso su mano sobre la boca de mi estómago, la mantuvo ahí y dijo

-habla

- ¿qué quieres que diga?

 – no tú, tu cuerpo, deja que hable.

Y mi cuerpo habló, de pronto un frío recorrió mi piel, pero no de fuera, sino de dentro, un nudo en la garganta, un par de lagrimas salieron de mis ojos sin explicación.

-Dilo, deja que salga – me dijo.

-No me dejes

Mi razón no entendía lo que boca decía… pero al sentir las palabras por segunda vez llegaron a mis todos esos momentos que no entendí en emoción, pero si en razón: todo pasa por algo. Esto es para que aprenda algo. Claro, este me llevará a otro nivel. No llores, no hay tiempo para eso, hay que estar a salvo. Sonríe todo es mejor sonriendo. Fíjate en no molestar, mejor apoya, tienes que ser fuerte para los demás. No sientas, escucha a los otros, acompaña a los otros.

Tanta razón fue guardando ese sentimiento entre los pulmones y el estómago, ese lugar cómodo donde aprendí a que con azúcar se callaba la maldita esa, esa que de pronto dejaba de ponerme de mal humor con un pastel de chocolate, unas galletas oreo de vainilla, una Carlota de limón. Ese que salía con mascará de ira haciéndome odiar al mundo, a la vida, a mi familia, a mi suerte, mi lugar, mi espacio, mis decisiones, me era más fácil odiar que aceptarla.

En ese momento, con la mano de un extraño en la boca de mi estómago, broto esa sensación de derrota, ese cansancio, se me borró la sonrisa y la pude aceptar. La tristeza.

-Di lo que no has dicho, no a mí, sino a ti – me dijo el extraño – ¿a quién le dices que no te deje?

En ese momento muchos momentos en mi vida fueron brotando.

A esa perrita que atropellaron cuándo yo era niño y no pude despedir y en vez de eso, arranqué en ira destruyendo todo, “no me dejes” quería decir, pero ya era tarde y no recuerdo que pasó días después, no recuerdo si me explicaron la muerte, no recuerdo si me abrazaron, solo recuerdo esa ira.

Esas ganas de decirle a mi mamá, “no me dejes” cuando decidió irse por su seguridad y para iniciar de nuevo con nosotros unos días después, yo sentí que fueron meses y que ni siquiera pude decirle eso porque se fue sin explicarme nada.

A mi papá cuando pudo quedarse a mi cumple pero prefirió irse a estrenar una raqueta, “no te vayas, quédate” quería decirle, pero mi razón convertida creció en ese momento, seguro tenía sus miedos y razones, pero me hubiera gustado que se quedara.

A Daniel cuando decidió que era mejor el suicidio que quedarse a jugar un rato más play, a contarnos los pesares de la vida, “no te vayas, quédate, esto vale la pena a pesar del dolor, son más las cosas buenas que malas, juntos se siente menos feo” es lo que me hubiera gustado gritarle al oído, abrazarlo antes de que decidiera cortar su respiración.

A mi abuela María, la mala unos días, la dura otros, la que hacía milagros con la inestabilidad de mi padre, la que estuvo siempre con una salsa, tortilla y frijoles como base de todo alimento. “quédate un poco más, vamos a comer juntos, déjame llevarte” pero no pudo, el carbón de su infancia pasó factura a sus pulmones, eso y el cigarro y pues no sufrió mucho, pero yo sigo buscándola en un buen taco, una salsa tatemada y unos frijoles negros.

El mejor consejo de todos, “no mata el alcohol, lo que mata es la coca” decía mi bisabuelo, “no te vayas todavía, aún tenemos muchas celebraciones por delante” y tanto celebró que hasta se hizo amigo de su cáncer, tanto tanto que no supo que lo tuvo.


Mi mejor amiga, después de 14 años me cumplió el deseo de que si se iba a morir fuera en mis brazos y a pesar de eso y ciego de su sufrimiento le pedí “no te mueras, no me dejes, a quién le voy a contar todas mis locuras, No te mueras y prometo sacarte más a pasear, pero no te mueras” Me miró de forma cansada y yo le pedí perdón por todo y le agradecí por esos 14 años pero aún no quería que se fuera.

La bisabuela del té de manzanilla con leche, la de la panera llena de conchas y gendarmes, a la que le tomaba de su monedero para comprarme tonterías, la de la magia…. No le pude decir nada porque tenía muchas batallas en la mente y no se me ocurrió decirle nada en ese momento. Hoy día, si le pudiera decir algo sería: gracias por no dejarme sin rumbo y hacer lo mejor para mi a pesar de tus años y perdón por toda la lata que di.

A mi abuelo el que prefirió irse lejos, el que no quería incomodar, ponernos en peligro, el deportista incansable, el taquero, el necio que prefería dormir con el control en mano antes de cederlo. Gracias por ser hilo conductor, gracias por ser el padre de mi madre, gracias por hacerla feliz, gracias por mi infancia de galletas, tacos y paseos a lugares asombrosos.

Tantos momentos tristísimos para mí, tanto dolor callado, recuerdo haberme derrumbado a mi manera, pero no recuerdo haber pedido ser abrazado o consolado, hice una constante el “ser fuerte” y luego enojarme porque nadie estaba para mí. Un ciclo donde yo era fuerte para que nadie se me acercara porque si lo hacía me quebraría y saldrían no sé que cosas, para después recriminar que nadie estaba para mi y luego ser más fuerte para mi porque los demás a mi alrededor suponían que yo estaba bien.

No es que al día de hoy ya vaya llorando por la calle o que a la primera perdida o bajón vaya a ser otro, para empezar pido al universo por no tener otra perdida, pero como sé que esas son inevitables, me pido a mi mismo la capacidad para poder vivir las penas a través de todas las emociones respetando a cada una en su proceso, sin estancarme, sin acortarlas, sin alargarlas, sin disfrazarlas… sintiéndolas… fluyendo.

-Dilo, deja que salga – me dijo, y así está siendo.

domingo, enero 15, 2023

Soy la historia que aún no me sucede.

Soy la suma de las vidas de que han tocado la mía, soy la suma de las decisiones tomadas y no tomadas hasta ahora en mi vida, soy la resignificación de los sucesos que he corrido por mis días. Soy la suma de aciertos y equívocos, soy la voz que me habla para hacer consiente lo inconsciente, esa voz que me pregunta ¿Por qué sientes eso? ¿Por qué te cierras a tratar a esa persona? o incluso la pregunta de ¿es miedo a lo que viene, terror al confort o falta de confianza en ti mismo? A veces esa voz que pregunta, me motiva y otras me aterra, pero como decía, son muchas las personas, los sucesos que me hacen ir más decidido; son más los abrazos dados que los no dados, son más las acciones positivas que me hacen el corazón grande que las que me dejan arrepentimiento y culpa.

Voy a tomar una decisión con base en la experiencia y los consejos de la gente que amo y admiro.

Mi madre el año pasado, 2022, pongo el año para cuando llegue a leer esto de vuelta lo tenga bien presente, me regalo el resignificado más grande que pude tener… Yo en mi adolescente herido que no sé si algún día dejaré de ser, le recriminaba su presión por estudiar algo que me dejará dinero, no lo decía con esas palabras, pero siempre hablaba de los financieros, de su trabajo. Quería que fuera como ellos, exitosos en un mundo de dinero y números. Lo intenté y no pude, me frustré y viví enojado culpándola por su persuasión, juró que lo intenté una y otra vez durante cuatro años donde mi aprendizaje fue deja ir lo que no te me hace feliz. Ver a los compañeros de clase apasionados, participando, acertando cada una de las respuestas mientras yo intentaba entender la pregunta, me hacía sentir tan tonto y así la autoestima se me fue hasta el límite, pero eso no lo sabía ni lo entendía, las emociones eran algo tan ajeno a mí. Pasaron bastantes años hasta que en uno de mis arrebatados reclamos le dije a mi mamá que por su insistencia había estudiado algo que no me apasionaba y que la carrera que terminé no sé hoy día es lo mío. Ella desarmó mi argumento con su respuesta: sea como sea, para mi es un descanso saber que tú puedes elegir, puedes cambiar de trabajo si quieres, puedes hacer lo que quieras. Esas palabras me hicieron cambiar la forma en como contaba mi historia y vivía el reproche, pude liberarme, avanzar y tener la confianza de poder elegir no estar en donde no soy yo, de poder empezar de nuevo en cualquier lugar que yo quiera.

Luego viene SandRa, la que se fue de pronto, de la que hablaba en mi post pasado. Bastaba verla en sus fotos para saber que vivía bien, seguramente con muchos altibajos como todos, pero supo aprovechar sus días en viajes, celebraciones y muchas canciones de Alejandro Fernández. SandRa, tu partida me empuja la pregunta: ¿qué estoy haciendo con mi vida? ¿la estoy cantando como quisiera? De nuevo la certeza de que la vida es un instante y no la quiero gastar en lo seguro, en el confort de lo que dan los días iguales y sin sentido. SandRa, gracias por ser risa y vida en los días que te tuvo la misma vida.

Obviamente viene a mi mente mi abuela, ay Olga Deveaux, tan grande tu vida y tu manera de reinventarte sin reclamo alguno. Tanta perdida, tanto cambio, tanto dolor para una sola vida y tú sigues sonriendo, sigues amando, ¿Cómo le haces? pido a la vida tu fuerza para seguir día a día con ánimo y amor a pesar que sienta en la entraña todo lo contrario. Fue tu cáncer el que hizo darme cuenta de que lo que no se dice avinagra la sangre, el cuerpo, el alma… así que gracias a eso, el decir las groserías que digo con la intención que las digo es tan liberador, a veces imprudente, pero fuera de mi sistema y sí abue, hay días en que maldigo hasta mi sombra y a mi misma vida y aún así es mejor que pretender que todo está bien y que mi vida es maravillosa como muchos piensan en las redes sociales, oh no señores, mis redes reflejan el aprendizaje de mis peores momentos y gracias al universo y usando el regalo que me dio mi madre, yo elijo el paisaje donde contar mis días. Así que sí abuela te admiro mucho y el miedo a perderte cada vez se hace más grande, pero ya hablaré de eso más adelante.

Y que decir de esa familia que no me dio la sangre pero sí el universo, esas historias de resiliencia que me recuerdan la maravilla de elegir y decidir siempre el bien personal. Gigi la imparable, la incansable… ahora bien sé que no es por gusto, sé ahora que si no te detenías era porque no tenías de otra, a veces pensaba que si yo hubiera sido tú, yo me hubiera detenido a tomar un respiro o un descanso, seguro no me volvía a parar... Tanta perdida hace inverosímil verte ahora tan plena y feliz, gracias por enseñarme a decirle a la vida:  sí se puede, logré encontrar la plenitud aunque esta me dure lo que me tenga que durar, ¡lo logré!… Gigi, me dejas la vida segura de decir, la felicidad no es con base en, sino a pesar de todo. Y así puedo enunciar los nombres de muchos ejemplos: Lupita y su manera de romper con lo que parecía un ciclo repetitivo de pobreza emocional, Dany Hersan y su constante llanto hasta encontrarse una mejor versión de si misma y demostrarse que sí se puede lo que ella quiera, Edgar Omar y su determinación por seguir todos los días a pesar de la perdida de su norte, su compromiso consigo mismo para decidir que es lo suficientemente valioso como para conformarse con cualquier camino de asfalto estrecho, por decirlo de manera elegante y no decir con cualquier pendejo.

Todas estas historias son base para callar mis miedos y prepararme para mi siguiente movimiento, donde planeo empezar de cero de manera limpia, sin prejuicios, sin expectativas de los demás, con mucho miedo, pero con la certeza de que la vida es un instante y si he de vivir será con la seguridad de que no me quede con ganas de nada y de que está en mi estirpe volver a empezar donde me llame la felicidad, nunca el confort.

Por todas esas historias que suman a la mía, y porque estoy dispuesto al futuro como la promesa donde cabe todo aquello lo aún no me sucede.

domingo, diciembre 04, 2022

Tanto tiempo en tan pocos años (38)

Tantas historias pendientes en todos estos años, tantos cuentos inconclusos. A veces pareciera tanto tiempo en tan pocos años y otras veces muchos sucesos para tan poco tiempo. Desde hace más de un año al salir de casa rumbo al trabajo veo el cielo como la misma vida, esto según mi percepción, unos días claros que dan ganas de amar hasta lo que no he conocido y otros días grises, humedos, con neblina que dan ganas de regresar a mi cama y maldecir todo lo que me ha traído hasta aquí, pero a pesar de esas ganas, continuo.


Tanto en mi cabeza, tantas preguntas: ¿traigo mis llaves? sería una calamidad haberlas dejado y tener que hablarle a la casera... ¿programé junta, a qué hora? ¿lo estoy haciendo bien? ¿todo esto que estoy haciendo vale la pena? ¿Mi equipo está bien?. Paso de las preguntas del día día a las existenciales: ¿Esto es la vida? ¿Así se debe de vivir de la vida? ¿Esto es lo que quiero? ¿Estoy llegando a algún lugar?. Me relajo. Luego vienen las preguntas que realmente importan: ¿mi madre sigue mejor? y luego los pensamientos que calman: ¡como extraño a Billie!, bendita mi abuela y mi abuelo que siguen vivos, ¡que afortunado yo que tuve abuelos de más y hasta bisabuelos que me dejaron alguna manía o consejo. Regresan los pensamientos mundanos: ¿cómo le hacen los demás para tener una vida más en órden? ¿cómo le hacen para mantener el ritmo mientras yo ando queriendo irme a todos lados menos aquí?. “Tranquilo” me digo y recuerdo la promesa que hice al llegar acá: el día que deje de sorprenderme de los cielos de esta ciudad y deje de querer alcanzar la cima de las montañas que veo, ese día me voy de San Cristóbal.


Curiosa la vida que en el 2009 me trajo para llorar a mi abuela paterna y ahora en 2022 cada vez que veo San Cristobalito hablo con ella: ay María, ¿a poco no es bonito?, y juego a que me contestas y sigo la conversación, sí, sí vale el estrés y el miedo estar acá, al fin que la vida se nos va resolviendo poco a poco, y sí María, me voy a quedar por curiosidad a ver hasta donde da esta vaina. 


Y así los días en su rutina constante: llego tarde unos días, otros más, me estreso, me río, como, planeo, agradezco al equipo que tengo unos días y otros los maldigo a todos no al mismo tiempo pero sí por partes, salgo tarde, hablo con mi madre; como me gusta oír su voz, escucharla bien, dispuesta a trabajar por su bienestar aunque le tema a la tristeza. Ay ma… creo que eso viene de familia, si vieras cuánto me costó reconocerla, abrazarla y al día de hoy me cuesta, no es fácil aceptarnos tristes cuando nos han enseñado a ti y a mi a sonreír aunque nos duela el corazón, como la canción de Chaplin, pero es cierto que eso nos ayudó, fue nuestro escudo ante las cosas que no entendíamos y es cierto, hemos hecho lo que hemos podido con lo que tenemos y bendito el destino, la vida, el universo, dios… hoy es mucho. 


Regreso a lo que me trae a mi blog hoy, a los 38 años y como llego a ellos: llego sin esa historia épica de amor que me hubiera puesto el estómago al revés de pura emoción, sin el sueldo para la casa de jardín grande, sin ese trabajo que me haga decir es aquí, sin mi familia cerca, sin esos amigos de la vida para brindar… Sí, sí, sí… ya sé que estoy contando lo que no tengo, pero a eso voy… todas esas cosas o personas que al día de hoy no tengo me han dado mucho más de lo que a veces creo. Este año la vida me ha dado un espacio para mi donde puedo repetir los TOCS que tanto odiaba de mi mamá pero que me hacen sentirla cerca, me hacen agradecer los fierros que me han dados las abuelas y los abuelos, me han dado nuevos amigos con los cuales conocer nuevos lugares, vivir nuevas situaciones para crear nuevos recuerdos. Me han hecho aprender a escuchar más, a ser más consciente de mis acciones, a leerme mejor en momentos que no entiendo, a ser honesto conmigo y sobre todo a respirar. También recalco que a pesar de lo zen que me oigo la verdad he aprendido a querer ese lado agrio y amarguito que tengo, mucho tiempo intenté ser “mejor persona”, pero cambié eso por ser más honesto con mis emociones,viviendolas intentando no lastimar a los demás y digo intentando porque sigo llevándome gente entre la mala leche de mis estados ánimo, pero también he aprendido a decir “me equivoqué”, en fin… Yo creía que los 38 iba a tener la vida resuelta y resulta que sigo con las mismas dudas de los veintes, los mismos malos hábitos de los 18 y sí, sí suena muy jodido (río de manera irónica mientras escribo esto) pero a mi beneficio tengo una certeza que nunca había tenido antes: estar vivo vale la pena porque tengo la curiosidad, las ganas de ver qué sigue, qué errores voy a cometer. Quiero saber si el amor de todos los años sobrantes está a la vuelta de la esquina como dicen. Quiero tocar el mar muchas veces más, tomar el sol y sentir la arena. Quiero asombrarme con los atardeceres siempre. Quiero abrazar a mi perro. Quiero cantar muchos años más las mañanitas a la gente que amo. Quiero reír como adolescente al jugar bajo la lluvia, llorar con un el final de un buen libro. Quiero conocer a Ángeles Mastretta, probar el pastel más rico, conocer Austría de la mano de un buen amor, visitar a los amigos de otros países, seguir conservando a los que ya tengo y hacer nuevos. Quiero tener muchos orgasmos, usar mi cuerpo, que valga la pena tenerlo y agradecerle cuando ya esté viejo por todas las dolencias causadas por el buen uso. Quiero afrontar las tristezas llorando, sabiendo que quien ha merecido la dicha puede soportar la desgracia. Quiero que la paciencia, mi menor y casi nula virtud, me acompañe en todos mis procesos, en todos inicios, mis pausas y mis finales. Quiero sentarme en mi ventana como estoy ahora, ver hacía afuera y sentirme en paz conmigo, sentirme en casa en donde quiera que esté, sabiendo que los míos están en mi corazón, que habitan en él a pesar de la distancia o su ausencia, el daño o la lección… 

Bienvenidos los 38 y de corazón deseo caminarlos una buena temporada con los pies en la arena con la única intención de contemplar y disfrutar el mar porque así la vida: fiera, calma, arrebata, tranquila pero nunca quieta ¡Feliz cumple Efraín!

miércoles, febrero 02, 2022

El cajón siempre abierto...

Y ya no escribo tanto como antes y ahora el pecho lo siento como una cajón lleno de cosas guardadas a punto de desbordarse; solo que esta vez no son cosas, sino emociones las que tengo amontonadas, son emociones las que no dejo salir, las que estoy evitando que salgan y no por miedo a los nombres de las emociones en sí, es el miedo a la cantidad, no es el miedo a la tristeza, es el miedo a que pueda ser mucha. No es el miedo al enojo, es el miedo a que todo abrace a mi alrededor, como antes lo hacía, no es el miedo al amor, es el miedo a que se me vaya todo y luego no sepa qué hacer sin él… Pero el día de hoy me duelen los brazos, el pecho, el cuerpo completo tratando de usar toda mi fuerza al evitar que ese cajón se abra, es más cansado mantener una actitud serena y segura que dejar que ese cajón reviente. Al día de hoy sería un alivio soltar los brazos, con todo mi peso sobre ellos, evitando sentir demasiado.

Sí, tomé una maestría con un montón de materias sobre manejo de emociones, pero aprender a ponerle nombre y a descubrir que hay una gama amplia de ellas, no me hace experto en su manejo. Gracias a esa maestría descubrí que existe la ternura, la tristeza, el amor propio de manera sana; descubrí que se pueden evocar las emociones de muchas maneras, bailando, viendo el cielo, confiando en la vida, apostando a ganar. En verdad, fue como si hubiera entrado a la tienda de galletas y pasteles más grande del mundo y yo como niño asombrado y probando todas y cada una de ellas. Reconocí los sucesos de mi vida y por fin les puse el nombre de una emoción y no la pobre gama que venía manejando: felicidad y todas las parientes del enojo, como la ira, envidia, soberbia… todas esas emociones que me alejaban incluso de la felicidad. Lo digo no como si fuera un monstro ya que siempre he tratado de moverme por la emoción de la felicidad o alegría, pero con el paso de los años y los procesos de la vida, la felicidad no me alcanzaba para entender los sucesos ajenos a mí, el divorcio de mis padres, su paternidad intermitente, mi enfermedad a los 14 años, el abuso, la ausencia, la incertidumbre, la soledad, el suicidio, la muerte. Todos esos sucesos y yo tratando de vivirlos con felicidad, porque era lo único positivo que tenía en mi vida; era eso o agarrarme del odio y la ira hacia la vida, hacia los otros, hacia los sucesos, hacia mi mismo por poder llegar a ser tan mezquino conmigo y con los demás, pero ¿qué hacía con un abanico de emociones tan pobre? En mi casa la frase que escuche mucho de pequeño fue: sonríe, todo estará bien y sí lo estuvo por unos años, por momentos, de a ratos y esos ratos, momentos y esos años los agradezco como agua de mayo porque fue lo que hizo dar con la gente adecuada en ese momento, pero aún así me hacía falta conocer emociones y lo peor es de que era más mi miedo a conocer lo desconocido que entregarme a ellas, me era más fácil alejar a quién me trajera una nueva manera de sentir, mis frases favoritas en mi cabeza eran: eso no puede ser verdad, no le creo, seguro tiene algo entre manos, no soy lo que está buscando, no está a mi nivel o no estoy a su nivel, obvio es algo pasajero… y así pasé muchos años alejando a las personas, a unas las alejaba y otras hacía que me alejaran, todo antes de que me hicieran sentir cosas nuevas, todo antes que ser vulnerable y dejar salir todo lo que habitaba en mi corazón…

Hoy, me encuentro en una situación similar donde me cuento frases nuevas como: enfócate en tu carrera, ya estás muy grande para…, no pierdas el tiempo en tonterías, pon tierra de por medio, estoy tan cansado que prefiero irme a dormir que a salir… mismo cuento, nuevas frases, pero al menos al día de hoy estoy documentado con las bases, que no las quiera ver es diferente, pero como le he dicho desde hace mucho, lo que no se dice avinagra, en mi caso esta vez lo que no digo se desborda de mi pecho y ya no tengo fuerza para mantener el cajón cerrado, por eso traigo mi zozobra a esta hoja llevada por mis dedos. Que fluyan las que tenga que fluir, que corran las que tengan que llegar algún lado, que huyan las que no pertenecen a mí, que vengan las que tienen que llegar, que se queden las que son fieles a mi y algo aún tienen que enseñarme, que me perdonen esas que asfixie por vergüenza o temor, que se sientan acompañas aquellas que deje solas por mucho tiempo y que se acomoden las que se quieran quedar en mi viaje por si las ocupo en algún momento.

Sí, me dolió tener vivir violencia en casa.

Sí, fue triste tener que ser fuerte tan pequeño cuando lo único que quería era ser niño.

Sí, me hubiera gustado tener una familia que siguiera el mismo camino en respeto y amor.

Ojalá hubiera tenido el valor de elegir estudiar lo que me apasionaba en vez de enfocarme en lo que me dejaría dinero.

Si, es triste haber vivido violencia en mi núcleo primario.

Sería bonito recordar a Daniel sin sentir ese dejo de duda por sus acciones.

Me hubiera gustado no haber tenido miedo a probar una felicidad diferente con aquél que me preguntó si quería ser su novio.

Con tanto llanto me quede dentro el día en que se fue mi abuela María y lo callé con silencio.

Todas aquellas veces que alejé los abrazos fingiendo estar bien, porque sabía que si me abrazaban me iba a caer y tenía miedo a romperme y luego ya no saber como levantarme. Lo hice y lo sigo haciendo, tanto así que ya no es necesario preguntarme como estoy porque es común que esté bien cuando en realidad solo quiero que me digan por donde ir.

¿De cuántas cosas me he perdido viendo el mundo bajo la mirada de la felicidad, el enojo y la falsa felicidad?, corrijo, no es pregunta, es afirmación… de cuantas cosas me he perdido.

Sí, aún estoy triste porque hace dos años se fue mi mejor amiga en mis brazos, pero estoy feliz porque me permití volver a amar y ahora esa nueva amiga acompaña a mi mamá, aunque las extraño a las dos todos los días.

Me duele haber descubierto que mi amor propio era solo temor a ser herido, pero me alegra haberme dado cuenta porque sé que pase lo que pase me tengo a mi mismo y yo confío en el universo, en la vida; bueno hay cosas que me aterran como perder a los que amo, pero todos los días me hablo sobre la naturaleza de los procesos de la vida y su inevitable ir y venir, conocer y ver partir, acompañar y despedirse, su inicio y si final… aún estoy aprendiendo a disfrutar el proceso.

Tengo miedo de no dar el ancho en muchas cosas, tengo miedo a fracasar, pero heme aquí intentándolo todos los días, rompiendo miedos aunque haya días que no de el valor ni para sacar la cabeza de las sabanas y justo en ese momento cuando decido renunciar a todo me acuerdo de todas aquellas personas que han tocado mi vida y no se dieron por vencidas a pesar de lo inaudito de la vida.

Y sí, unos días tengo miedo y mucho, otros la tristeza de no estar con los que me dan calma me lleva a la melancolía, algunos más me da coraje no haber hecho más por los que ya no están y unos otros me enoja no haber sido muchas cosas o haber tomado ciertas decisiones… pero me repito: ya me cansé de tener guardado tanto, tanto que no sé si tengo espacio para lo nuevo y sé que quiero que lleguen emociones nuevas.

Estoy rompiendo viejos hábitos que me ayudaron a sobrevivir las cosas que no entendía, incluso les agradezco haber sido esa acción repetitiva de no sentir, de no querer ver, de negarme muchas cosas… porque eso me trajo a este remanso, esta mi orilla de mundo para decirme que no tiene que doler estar triste, que gritar el dolor no empequeñece, que pedir ayuda es algo digno, que decir no puedo más no es sinónimo de rendirme sino que me recuerde tomar un descanso y recalcular mis pasos, que todo decisión es un volado y que el resultado puede llevarme a nuevos lugares, conocer nuevas personas, unas sumaran, otras estarán solo ahí y otras me caerán mal, no soy Dalai Lama. También confieso que hay gente que no me cae bien, sí, tengo juicios y sé que puedo perder grandes oportunidades por esos juicios, pero una cosa a la vez, hoy estoy hablando de abrir ese cajón de emociones, ya luego hablaré de porque la gente que hace reír a todos todo el tiempo no me da confianza y hasta me cae mal, pero bueno también eso hay en mi cajón, un poco de mordacidad y desconfianza.

Así mi vida y mi cajón de emociones, por hoy es suficiente… que el paso de los días me haga más fuerte no para cerrar el cajón, sino más fuerte para dejarlo sin llave puesta, abierto para que entre lo que tenga que entrar y se vaya lo que no requiere guardarse.

domingo, septiembre 12, 2021

Regalos para días de tanta lluvia

Los amigos son oportunos como todo en la vida y aún recuerdo las palabras de Fernando diciéndome:

- Si el día está nublado, lluvioso e insoportable no deja de ser un factor externo, ¿hasta cuándo vas a dejar que lo externo siga rigiendo tu vida? - Esa frase me la repito hoy que el día está nublado, lluvioso e insoportable y desde que me la dijo la tomé como un regalo justo para momentos así. 


Estoy caminando en el mercado de San Francisco, aquí en San Cristóbal de las Casas, después de una lluvia torrencial de 10 minutos que dejó lodo por doquier pero la vida sigue, las mujeres siguen atendiendo sus puestitos de verduras, frutas y semillas, ellas siguen sonriendo a quienes les sonríen, siguen dando precios a quien pregunta por el jitomate, habanero o por las habas, 5 pesos dicen unas, otras 10 o 20 depende la cantidad. Las afortunadas… corrijo…  esa palabra viene desde mi comodidad y mi percepción de lo que he vivido, elaboro de nuevo: Ellas siguen vendiendo aún con los ríos de agua en sus pies, unas van descalzas y otras con sandalias y aún así siguen su día. Una lluvia o un río de agua lodosa no va a detener su vida. Los niños siguen jugando en el suelo con sus pies al descubierto y llenos de tierra como si la vida perfecta transcurriera entre lodo y risas y es que así debería de ser. 


Traigo el corazón chiquito porque escucho la voz de mi madre quebrada al teléfono, mi abuelo, su papá tomó una decisión que nos aterra, que pone en riesgo su vida y nuestra esperanza de tenerlo más tiempo aquí pero él no, él quiso vivir su vida a su manera, como siempre lo ha hecho y pues los que tocamos su existencia nos toca respetar y apechugar el coraje, el miedo, el temor, la frustración y la incertidumbre de semejante decisión. 


Ya pasé dos cuadras desde que puse atención a los niños jugando en el lodo, que envidia ser un niño así, sin tener que cuidar la ropa limpia y perfecta de una imagen impuesta por una mamá exigente, por eso me parece inverosímil que la felicidad venga en forma de charco lodoso, sin zapatos, corriendo sobre las piedras y riendo como si no importara nada y es que la verdad, nada debería de importar más que vivir la felicidad como venga. Salgo de mi pensamiento y mis deseos de que los que están lejos de mi, encuentren paz en medio de tanta incertidumbre y otra vez yo en la calle de un mercado que apabulla. Calles estrechas donde convivimos peatones, coches, motos, bicis, puestos ambulantes, lluvia, venta de frutas en carritos y más, incluso siento los coches pasar a centímetros de mi mientras intento no chocar con la señora de rebozo rosa y falda negra que se detiene en seco a ver un suéter e intento no pasar por debajo de los desagues de las azoteas de las casas, pon atención Efraín, no te abrumes, estate aquí y ahora me repito. 


Cuántas veces no he deseado que un extraño, obvio un extraño que ya he imaginado a la perfección alto, de cejas tupidas, tez clara, amable, que no va ensimismado y puede ver cuando alguien necesita de un “¿todo bien?”, llega a mi y me pregunta “¿todo bien?” y con esa pregunta me saca de mi exorcismo de preocupación. Sonrío y agradezco el detalle y de ahí nos vamos caminando rumbo a conocernos… Pero la vida nos pone lo que necesitamos en el camino y el día de hoy me puso a un chico en bicicleta tocando una corneta para que yo no fuera a cruzar, reparo que sigo caminando sin atención al entorno y decido que lo mejor es huir de tanto bullicio y sí, escapo, doy vuelta en una calle que no conozco pero que promete no tener vendedores, ni gente, ni ruido… me meto en ella y pienso en ella… 


Ella que no sé cómo empecé a quererla porque la verdad no hemos convivido mucho, pero es de esas personas que sabes de corazón bueno que con solo darle un abrazo, quedas convencido de que tiene vibra bonita y esperas, no, no espero, corrijo de nuevo, deseo que todo lo bueno le pase a personas así. Pero la vida y sus procesos que van subiendo el nivel de dificultad conforme avanzas, creo y confío con el afán de hacernos mejores, más preparados, más dispuestos a ella, más amorosos, más empáticos, menos cerrados… Pero cómo le digo a ella, con su esperanza en una cajita con nombre que las cosas pasan por algo, con qué cara le puedes decir a alguien: el tiempo lo sana todo o todo es obra de un plan maestro que por más que no veas ahora, lo entenderás después, ¿con que puta cara se atreve uno a decir tanta pendejada cuando el otro tiene corazón, el alma, la razón en el suelo? Yo en mi caso cuando me lo han dicho me dan ganas de decirles “metete todas tus frases baratas por el culo y haz con ellas lo que te de la re chingada gana” pero luego me acuerdo que la gente hace lo mejor que puede con lo que tiene y sabe, al final no lo hacen de mala gana y solo me queda agradecer su entereza por estar ahí. 


Ahora ni un abrazo le puedo dar a ella que ha perdido todas las espectativas que son imposibles. Ni un beso en la frente a mi madre que lidia con la incertidumbre de poder perder a su papá. Ni como intentar convencer, persuadir, manipular, chantajear a mi abuelo el necio, el fuerte, el orgulloso, el independiente a que se deje cuidar, se deje tratar. Ni como abrazar a mi tío el enojado por el orgullo de su padre… Solo me queda dar vuelta en la calle Chipa de Corzo y perderme en ella. 


Ay Fernando, te digo un secreto: gracias por tan bonita frase, gracias por haberme dejado la responsabilidad de ser yo mi propia luz en mitad de tanta lluvia y cielo gris, gracias por haberme hecho entender que por más gris que este la vida, yo decido quedarme conmigo y ver con otros ojos esos regalos que me da el destino. 


¡Dios! otra vez me enfrasque en mis pensamientos, pero al ver el templo del Señor de la Transfiguración, cabe aclarar que busque el nombre del templo en Google y me hizo reír semejante nombre, por un momento pensé con picardía que seguramente dentro estaría lleno de trasexuales pidiendo el milagrito, me reí, Efraín te reíste aún a pesar de traer el corazón chiquito y distraído…  en ese momento me paré en mitad de la plaza e inhale con fuerza y como siempre que paso de un estado emocional a otro de manera consciente cito a mi autora favorita: solo la vida existe, lo demás lo inventamos.


Porque en mitad de tanto lluvia y lodo, también se puede ser feliz.

lunes, diciembre 12, 2016

La historia de mis días con él

Soundtrack https://www.youtube.com/watch?v=b7_zS_Shok8

Te voy a contar una historia, ¿por qué? Pues porque ya no puedo ni quiero guardarla, me estoy avinagrando y quema. 

La verdad es que fue pura casualidad como nos encontrarnos ya que éramos dos extraños en una ciudad ajena a la nuestra, que coincidían en una habitación por meras ganas de satisfacer una necesidad. Sí, sí, primero nos cansamos y ya luego platicamos de nuestras vidas de manera breve: nombres, empleos, un poco de nuestra historia y lo que nos llevó a esa ciudad y así comenzamos a estar en contacto para vernos en la que sí era la nuestra, la que fue nuestra ciudad por más tiempo de lo que hubiéramos pensado.
¿Dónde fue nuestra primera cita formal? Según yo fue en el Parqué Lincoln, en Polanco, y es que la casualidad cuando es llevada por el destino se encarga de encajar las piezas aunque estás vayan a permanecer poco tiempo unidas, y es que trabajabamos muy cerca también, con eso tuvimos para vernos frente a Plaza Carso, pasar a recogerlo a su oficina y estar juntos para ir a las luchas, por unas cervezas, ir a pasear entre invernaderos, que me contara de las plantas de su mamá y el gusto de su papá por los cuelga llaves, así empezamos a pasar la noche en su casa y a acomodar un suceso tras otro, lo que me colocó el corazón al rojo vivo, expuesto por todo lo compartido y es que con él viaje en auto, en metro, en avión, en combi, en tranvía, en taxi, en autobús y fuimos a tantos lugares. 

En mi cumpleaños fuimos a Puebla con un frío de perros, pero que juntos en cama ni se sentía; estuvimos en el centro con todos mis amigos y todos visitamos Cholula para verla desde arriba y a pesar de que no éramos perfectos el uno para el otro, estar juntos era un riesgo que valía la pena correr. Después de Puebla y Cholula, sentimos frío en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, pero caminando uno al lado del otro tampoco se sentía. En Chiapas, nadamos en las Cascadas de Agua Azul, el se adentró en la cueva detrás de la cascada Misol-Ha mientras yo de nuevo nadaba ahora a donde iba a parar el chorro de agua y me sentía pleno porque sabía que alguien iba a buscarme y era bueno saber que no teníamos que estar pegados, era suficiente con sabernos cerca; después subimos pirámides en Palenque, nos asombramos con la vista y la majestuosidad de una civilización que dejó su lengua bien arraigada en los pobladores, vimos una iglesia encantandora y aterradora a la vez en San Juan Chamula y nos encantó el color del pueblo vecino donde los hombres iban con huipiles morados con flores a juego con el de las mujeres, todos bordados en telar a la cadera. Algo que no se me olvida para nada es Morelia, a él le encantaba y yo desde que tenía 16 años quedé prendido de ella, el viaje fue una sorpresa, no sabía que iríamos ahí, incluso pensé que iríamos a la simple Toluca, pero iba no por el lugar sino porque me quería sorprender y yo sabía que con él todo era una aventura aunque el lugar fuera poco de mi agrado. Pero no, no fue Toluca y sí Morelia. Cuando llegamos sentí tanto amor, amor por él, por la ciudad, por nosotros; ver la ciudad con él fue un regalo que no me podía creer, hacer el amor en ese hotel antiguo de techos grandes y ventanales que dejaban pasar la luz de las 3 de la tarde con su piel sobre la mía fue tener el mundo ahí, fue no necesitar nada más, mientras las calles de esa ciudad fueron lo que terminaron de vestir de encanto nuestro paso por Morelia, sus calles mágicas, ver la fuente de las Tarascas, ir al restaurante Cubano, visitar sus iglesias, sentir la tarde sabiendo que era la hora en que le encantaba tomar fotos, porque según él era lo hora donde mejor salían y era cierto; y que decir del pan recién salido del horno de una panadería de paso rumbo a otra plaza, más fuentes, él y yo riendo, callados, hablando de todo y nada, contándonos nuestras vidas y no me cabía en la cabeza una vida sin él, de hecho no lo veía como el hombre de mi vida, pero si el hombre sin el cual yo no sería igual, ya no había vuelta atrás, regresar a lo que fui antes... impensable. Luego Puerto Vallarta en su auto con mi necedad de irnos para allá cuando él no quería ir de esa manera, pero yo necio y él dejándose llevar, ya ahí, fue ponernos al sol y sentir la arena y comer y caminar y sentir el aire cálido y amarlo más contándole mis pérdidas y como hallé su debido consuelo... la carretera él y yo...

Sí, también visitamos muchos bares, le encantaba aunque le diera sueño temprano, el punto era ir y probar los que vendían mezcal, ir a los brasileños, los oaxaqueños, los de pulque, los de arrabal y los trendy, era comer en los árabes, los de buffet, rogarle para ir a los puestos de las esquinas en los que no comía mientras me miraba hacerlo con desconfianza; uy, todo lo que no comimos: las pizzas, los tacos, las hamburguesas donde pensaba pedirme matrimonio, e incluso a los que nunca fuimos por falta de tiempo, por desidiosos o porque había días en los que solo se me antojaba quedarme en cama viendo TV y él con sus ganas de recorrer la ciudad, sus museos, parques, plazas, conciertos y teatros, como le gustaba el teatro, aunque fuimos pocas veces ya que yo prefería el cine, pero mediábamos bien las cosas, a pesar de que era yo era meloso y él poco afectuoso íbamos bien, a veces me daban celos porque solo nos veíamos fines de semana, pero con el tiempo y con su abrazo todo quedaba en el pasado. 

Pero algo pasó, se cansó, se aburrió, se le acabo el amor, no fui lo suficientemente creativo o tal vez no fui divertido, a veces hasta pienso que pude dejar de ser atractivo porque un día sin mucho preámbulo decidió que ya no quería seguir conmigo y me terminó en un Karaoke entre dos cervezas, la primera fue para darse valor y la segunda para amortiguar el cambio, ¿qué podía hacer? Ya había tomado su decisión y yo soy de los que no cree en el tiempo, cuando alguien no tiene el valor suficiente para seguir contigo no vale la pena luchar porque por más que hiciera, la decisión ya había sido tomada y como duele querer a alguien que creemos nuestro presente perfecto y para ellos no somos más que un suceso más o uno menos. Esa noche pasé a su casa por mis cosas, las básicas, algunas las dejé porque no tenía ganas de ponerme a hacer inventario de pertenencias y mucho menos de emociones ya que me encontraba más que vacío, estaba perplejo, no lo podía creer.

Bastó despertar al siguiente día en mi casa, en mi habitación, en mi cama y ver la luz desde mi ventana y no desde la suya, para saber que ya no volvería a despertar con él; sentí el abatimiento en todo el cuerpo, el alma y la mente; el cuerpo me decía no te muevas, el alma la sentía fría en los pies y la mente como bálsamo solo me repetía que ya pasaría, tarea de titanes hacer coordinar las tres.

Desde ahí la vida ha sido avanzar, sanar, hacerme pequeño, recapacitar, ausentarme, enojarme, no entender, odiarlo unos días, justificarlo otros, maldecirlo la mayoría de ellos.

Una vez nos vimos, ¿para qué? pues según él para explicarme los motivos, pero como diría Joaquín Sabina, “…para decirnos adiós, nos sobran los motivos” pero quería verlo, abrazarlo y decirle lo mucho que me hacía falta, que cambiaría todo lo que quisiera, que no le pediría que fuera menos frío, que iría a todos lados, que no habría más cine si no solo teatro, que se quedará, que aún podíamos despertar juntos, que no soportaba mis sabanas en domingo y que era su cuerpo lo que quería. No le dije nada de eso, si no que lo resumí con dos lágrimas que amenzaban con dejar salir un océano pero que logre contener mientras le decía “te quiero tanto que si quieres regresar te espero pero házmelo saber pronto”... él desapareció.

Hubo días que deseaba encontrármelo con alguien más para que me doliera de manera fatal y poder matar para siempre lo que sentía por él; otros días solo quería toparmelo para ver sus ojos y ver si mi extrañaban mientras los míos decían lo mismo; pero otros dias cuando más dolido estaba solo quería encontrarlo para decirle de groserías.

Un día en un karaoke con un par de bebidas encima, bueno varios pares, canté no sin antes decirle a mi precario público que si veían a un fulano con tal nombre lo mandaran a chingar a su madre y les pedí, les rogué y les canté que si lo veían no lo mataran pero le hicieran tanto dolor como el que sentía un corazón roto. Que vergüenza en ese momento, pero que divertido es contarlo ahora.

¿Cómo estoy ahora? Evidentemente no como quisiera, ya que persona que veo, persona a la que le cuento sobre mi fallida relación y mi fracaso al intentar superarla día tras día, meses después supe que se iba a su país, luego que no se fue, sino que se quedó y segun me dejó porque se iba y todo lo tomó como simples pretextos para dejar al complejo de mi, luego vi que era feliz, que tenía planes, algunas fueron suposiciones mías, otras hechos. Mientras yo, he buscado otros cuerpos para quitar su huella y no ha funcionado, aún pesa y no sólo he hecho eso sino que he intentado con terapia de ángeles, cromoterapia, reiki, sanación guiada, he hecho de todo y nada parece funcionar al cien, todo por partes y cuando parece que estoy ya en excelente condiciones aparece algún recuerdo: la calle en que nos dijimos, por donde pasamos para ir a, la foto que tomamos, lo que planeamos y así termino por regresar a ese dolor aunque de tanto sentirlo ya no me falta el aire como al principio y hasta creo que las gracias le doy por haberse ido cuando se fue ya que después de su partida pasé muchas pruebas, ¿te imaginas que se hubiera ido cuando a mi madre le diagnosticaron cáncer? No habría soportado que se hubiera quedado por solidaridad mas que por amor, las cosas pasan cuando deben de pasar, no hubiera querido tener a mi lado a alguien por lastima aunque muchas veces pensé en llamarlo y decirle que me hacía falta, que necesita apoyo, su apoyo, pero el orgullo pudo más, ya había perdido una vez la dignidad por amor, ahora no pensaba hacerlo por necesidad.


Había días en los que deseaba se encontrará con alguien a quien amara tanto, que crearan tantos recuerdos y que le rompiera el corazón para que supiera lo que es vivir con ellos todos los días como desayuno y todas las noches como la peor de las cenas sin dejar de mascarlos todas las tardes; había días en que sólo deseaba como dice Ángeles Mastretta,  "que no le pasara nada, que no le pasara nada ni nadie", que fuera sin sentir nada en la vida; había otros que solo quería que lo atormentara mi recuerdo para que le dieran ganas de volver corriendo, que me llamara para tomar un café y me dijera el equivoco que había hecho y yo lo abrazaría como si nada, como antes e incluso había días que me soñaba con esa cita pero donde yo le reclamaba cada uno de los momentos, entregándoselos  todos...¿hoy ya para qué? 

Tanto me cambio su paso por mi vida, tanto me quebró, tanto me dio, tanto disfruté a manos llenas, tanto me deje ser y tanto lo deje pasar, que le agradezco de corazón su presencia y también su ausencia, cada una en su debido tiempo me definieron que soy capaz de amar, y eso es lo que quiero, quiero gastar mis horas con alguien que tome la decisión de querer estar a mi lado y en lo que llega o el destino hace lo suyo, yo me divierto, uso mi cuerpo, lo nutro, aumento mi campo de visión y de emoción, me sigo sorprendiendo con las pequeñas cosas y siento y siento de todo, desde el vacío que dejó hasta la emoción de la simple posibilidad.

Ya solo me dan ganas de volver amar así, dejarme ser y ser amado amando a desmedida, entregando y con ganas de que pasen cosas y personas con más mañanas juntos que ausencias. 

Tanto vive uno en un año que no da la vida para contar tanta cosa, pero la cosa es seguir vivo para desearlas, anhelar y seguir aquí, sigo aquí, aquí conmigo... y así es y así fue la historia de mis días con él.


Odiando odiar..

Que ganas de no saber de las emociones, de no haberlas trabajo nunca y seguir viviendo en plena ignorancia culpando a todo el universo de mi...